LA BURBUJA FUTBOLERA

LA BURBUJA FUTBOLERA
Este país, al parecer, ha optado por tener como un hábito nuevo marchar de burbuja en burbuja. Primero fue la burbuja inmobiliaria, continuó la burbuja financiera y, al parecer, se ha inflado y está a punto de reventar una burbuja en el futbol profesional, con incidencia especial en las entidades que pertenecen a la llamada primera división.
Las competiciones futbolísticas comenzaron, en este país, a finales del siglo XIX de manos de extranjeros residentes. Hasta 1913 no se constituyó la Real Federación Española de Futbol. Pero durante la segunda mitad del siglo XX tuvieron una gran incidencia sobre amplios sectores de la ciudadanía.
Los torneos de futbol fueron y son, especialmente en periodos de crisis sociales, una válvula de escape para las presiones anímicas de numerosos miembros de diferentes estratos sociales de la comunidad. Antes era el domingo el día señalado para que cientos de miles de ciudadanos gritaran y se liberaran de sus tensiones en los campos de futbol de todo el país.
Allí con la excusa del mal arbitraje, del desastroso juego del equipo propio o el comportamiento inadecuado del rival liberaban sus tensiones anímicas, se comportaban como “cafres” y eliminaban algunas de las bilis acumuladas durante la semana por mil y un problema. Una terapia de desahogo y distracción utilizada con descaro y habilidad por el poder.
Los equipos de futbol se nutrían, principalmente, de jugadores que se formaban en sus propias canteras y sólo en casos muy aislados venían jugadores del extranjero, pues durante algún tiempo llegó incluso a limitarse el número de los mismos que podían contratar los clubs. Tales entidades surgieron y fueron durante muchos años asociaciones deportivas propiedad de los socios. La mayoría de sus ingresos provenían de las cuotas propias y de la venta de entradas. Los presidentes de las asociaciones deportivas eran personajes de cierto prestigio local que con frecuencia el cargo le exigía, para el mantenimiento de la entidad, aportaciones dinerarias de sus recursos.
Los cambios que ha sufrido el futbol profesional han sido tantos que poco tiene que ver el actual con lo que fue hace setenta años. En la actualidad se juegan partidos diariamente que se retransmiten por televisión y están al alcance de millones de personas. Por esta razón, los principales ingresos de los clubs (que a partir de 1990 son sociedades anónimas deportivas, a excepción de cuatro, y por lo tanto propiedad de sus accionistas, no de los socios) provienen de la televisión y de la propaganda.
Además, las mayorías de las acciones de las sociedades anónimas deportivas han terminado en poder de empresarios, que amén de buscar el respaldo del prestigio que da las presidencias de tales sociedades, en algunos casos incluso en terceros países, pueden utilizarlas para hacer negocios, blanquear dinero, llevar a cabo -en connivencia con las autoridades locales- reconversiones indecentes de suelos, pero muy rentables, o tener beneficios personales directos. El paradigma de estos presidentes fue sin duda el “Cáncer de Marbella” –luciendo cruz de oro en el pecho-.
La mayoría de los ingresos que tiene el futbol, en la actualidad, los acaparan dos de las entidades, que manipulan para controlar todas las estructuras del sector con éxito evidente para sus intereses. Pueden dedicar, por lo tanto, más dinero a la compra de jugadores y apuntarse todos los triunfos deportivos sobre bases de total desigualdad. Pagan por algunos jugadores cantidades desproporcionadas y nunca se sabe con certeza a donde va tanto dinero, pero han llevado el mercado de los fichajes al despilfarro y al desmadre. Los sueldos de tales jugadores unidos a los ingresos que tienen del mundo de la publicidad son de decenas de millones anuales, es decir demenciales. Cobran, además, libres de impuestos, por lo que tendrían que pagarlos las entidades que como, por lo general, no pueden hacerlo generan grandes deudas con la Hacienda Pública y con la Seguridad Social, que la Administración Pública les permite, cosa que no hace con los ciudadanos en general.
La cuestión está en que los aficionados, ya sean accionistas, socios o simples seguidores, son la parte de la sociedad que supuestamente disfruta de las actividades futboleras, un sedante social que al poder político le interesa administrar. Sin embargo, es toda la sociedad la que padece una situación, como poco, inaceptable y sobre ella irán repercutiendo los efectos del reventón de la burbuja, dado que es posible que -como ha ocurrido en otras ocasiones- el Estado busque mecanismos, a costa de los recursos de todos los ciudadanos, para absorber la burbuja, apuntalar el gangsterismo y dejar camino libre para que se forme otra nueva burbuja.
Lo incompresible es que un país con un porcentaje altísimo de paro y de pobreza, de bajos salarios e hirientes desigualdades, se pueda mantener este montaje que se apoya, en una gran masa social, en la que abundan los ciudadanos más desfavorecidos que están dispuestos a permitir que continúen tales atropellos mientras ellos siguen en la miseria.
Las competiciones de futbol son, sin duda, de interés social pero tendrían que desarrollarse sobre otras premisas más deportivas, con menos intereses económicos, y ajenas a los gangsters de turno.
Lo incomprensible es que un país con un porcentaje altísimo de paro y de pobreza, de bajos salarios e hirientes desigualdades, se pueda mantener este montaje que se apoya, en una gran masa social, en la que abundan los ciudadanos más desfavorecidos que están dispuestos a permitir que continúen tales atropellos mientras ellos siguen en la miseria.
Las competiciones de futbol son, sin duda, de interés social pero tendrían que desarrollarse sobre otras premisas más deportivas, con menos intereses económicos, y ajenas a los gángsteres de turno.

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Un pensamiento en “LA BURBUJA FUTBOLERA

  1. Ayer me quedé boquiabierto viendo el desfile de grupos y grupos de la “hinchada” sevillista, escoltados por policías nacionales a pie, a caballo y en coche, camino del Estadio del Betis, desde Nervión. Nada que ver con aquellas manifestaciones de los 70 de la Gran Plaza a la Sede Central de la Universidad, por otro motivos y estímulos sociales y políticos.

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