LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA Y LOS CURAS PEDERASTAS

            Hace pocos días la Conferencia Episcopal francesa ha publicado los resultados de una investigación impulsada por este organismo, sobre pederastia en el seno de la Iglesia católica en Francia, que ha determinado que 216.000 niños y niñas de este país habían sufrido abusos sexuales por parte del clero del país galo. La cifra se eleva a más de 300.000 si se incluye a laicos al servicio de colegios religiosos. Otros países europeos como Alemania han hecho lo propio.

            En el caso de nuestro país, la Conferencia Episcopal acaba de negarse a iniciar cualquier pesquisa que pueda esclarecer, siquiera sea aproximadamente cuántos menores han sido víctimas del clero español en el lapso de tiempo que abarca desde 1940 hasta 2020. Mucho menos a hablar de reparaciones e indemnizaciones que, como damnificados, pudieran corresponderles.

            Hace años publicamos un artículo en estas páginas: «Francisco y los curas pederastas» que reflejaba nuestra posición al respecto; La jerarquía eclesiástica ha considerado siempre estos delitos como pecados y como tales, y en secreto, han sido tratados. Además, ha ocultado y protegido a estos malhechores, convirtiéndose así en cómplice de sus delitos pretendiendo preservar a la institución por encima de la justicia y perpetuando una situación que sólo muy recientemente ha comenzado a cambiar.

            En España, ni la jerarquía de la Iglesia Católica ni los sucesivos gobiernos de uno y otro signo han hecho nada por esclarecer estos delitos que van desde el final de la Guerra Civil hasta nuestros días.

            Rodríguez Zapatero mejoró la dotación del clero quizás pensando que, de esta forma, se los ganaría o al menos, no serían tan virulentos. ¡Pobre iluso! Se encontró a los obispos y cardenales manifestándose en las calles con Rouco Varela al frente.

            El hecho es que la Iglesia Católica y especialmente su jerarquía tienen un problema de abusos sexuales de suma gravedad y alcance planetario, porque no son casos aislados que se produzcan en un sector del clero o en un país determinado, sino que ocurren allí donde el catolicismo está implantado, es decir, en una parte importante de nuestro planeta y, singularmente, en América del Norte, América del Sur y Europa.

            Parece, pues, llegado el momento de que en España se investiguen los abusos y delitos cometidos por el clero singularmente en la época del nacional-catolicismo franquista cuando el poder de la Santa Madre era inmenso y nadie se atrevía a oponerse a sus tropelías. Sin obviar el periodo democrático donde se han seguido perpetrando algunos de estos hechos, con la diferencia a favor que, unos pocos al menos, se han denunciado y han llegado a los tribunales. Pues, ni siquiera tras el Concilio Vaticano II, se fue capaz de que el celibato fuera opcional y que la mujer pudiera optar al sacerdocio.

            La Conferencia Episcopal ya ha dejado claro que ellos no van a analizar ni hechos ni causas de esos comportamientos delictivos. Pero en nuestro país hay partidos políticos, sindicatos, asociaciones de todo tipo, corporaciones profesionales (muchas relacionadas con la Justicia) que podrían jugar un papel importante en este asunto. También el Parlamento, y, en última instancia, el Estado.

            El Islam, y las Iglesias evangélicas, parece que tienen una relación más natural de su clero con la sexualidad, a pesar de sus propios contextos de patriarcado y de resistencia al derecho de igualdad de la mujer y el hombre. 

            Quizás ayudaría a la resolución de este grave problema, al menos en buena parte, el que la cúpula de la Iglesia reconsiderara su posición con respecto al celibato del clero permitiéndole a este casarse, a ver si así dejan de perseguir a niños y a niñas y disminuye drásticamente el número de víctimas.