EL PROCESO

EL PROCESO

Los ciudadanos que estén siguiendo la parte testifical del juicio, al que llaman los medios de comunicación del proceso catalán, en el Tribunal Supremo, es posible que tengan sus propias conclusiones tras escuchar a más de cien testigos.
Está dentro de lo que es propio de la condición humana que los oyentes lleguen a imaginar una sentencia, tenga o no tenga fundamentos legales, de acuerdo a su formación jurídica, para pronosticar sobre cuál podrá ser el criterio del tribunal cuando tenga que dictar sentencia para los numerosos procesados.
Esos mismos ciudadanos, sin embargo, si tendrán información suficiente para concluir que la gobernanza de la Comunidad Autónoma Catalana ha estado, durante décadas, en manos de una liga de presuntos delincuentes, presuntos por ahora, que en su día encabezó el presidente Puyol. Situación que se ha prolongado hasta la actualidad y que ha producido una especie de “pandemia” o enfermedad endémica que ha sobrepasado todos los límites de la imaginación local o regional más calenturienta en la orientación independentista.
Dicha liga o unión, además de estar carcomida por la corrupción, se ha desenvuelto con total libertad e impunidad durante décadas, ajena a la legalidad, para elaborar todo tipo de tinglados con el fin de burlar las leyes.
En realidad, con su modo de forzar el Derecho desde la presión emotiva y sociológica, han generado, al mismo tiempo, varias generaciones de obnubilados con los ingredientes de ideas supremacistas, visceralidad y odio hacia cualquier ciudadano que no comparta sus planteamientos y se oponga a sus pretensiones independentistas. Especialmente atacan a los que llaman, con desprecio, españoles, como si ellos no lo fueran. Intelectualmente no son rigurosos, pues la especie humana es una unidad primaria previa que se pluraliza en individuos, socialmente relacionados, y que toda prospectiva hacia el futuro no sólo es individual, sino social, comunitaria, e histórica, siendo la diversidad y la convivencia las que tienen carácter histórico.

Desde Madrid se ha permitiendo, además, que más de la mitad de la población de la Comunidad Autónoma haya estado sometida a los abusos permanentes, en todos los aspectos del vivir cotidiano, de estos supremacistas manejados por la unión y confabulación de presuntos delincuentes, presuntos por ahora.
A lo largo de los años de democracia los diferentes gobiernos centrales, sin importar el partido que los sustentaban, han mantenido una actitud de tolerancia inaceptable con los dirigentes de la Comunidad Autónoma catalana. Incluso en las reuniones de carácter técnico que tenían lugar en los diferentes ministerios del gobierno central era frecuente que el diálogo preferente de la Administración Pública Central se llevara a cabo con los representantes de la Comunidad Autónoma catalana y a veces con la vasca, sin darles a los representantes de las otras Comunidades Autónomas la menor importancia. Esa es una realidad demostrable para los buenistas, que apelan permanentemente al diálogo con estos presuntos delincuentes, presuntos por ahora, para buscar soluciones políticas a un problema creado y alimentado por una estrategia organizada que no tiene más respuesta que la condena más radical, dada su realidad endémica, a modo de cáncer o pandemia (“pan-demos”).
Difícil es reparar el daño hecho a España y a todos los españoles a lo largo de los años de democracia por el comportamiento de debilidad y tolerancia de los gobiernos centrales, con los gobiernos de la Comunidad Autónoma de Cataluña.
¿Por qué? Porque la mencionada liga o unión de independentistas obcecados, además de marginar las obligaciones normativas consensuadas con todos los ciudadanos, incumplir las leyes nacionales, desatender los mandatos de la justicia y burlarse del Tribunal Constitucional, han pretendido pasar, ante el resto del mundo, por víctimas de un Estado totalitario, y no de su propio cáncer.
Gobierne el partido que gobierne en España está y estará obligado a tomar nota de lo ocurrido en las últimas décadas e impedir que se vuelva a repetir una situación igual, porque de no hacerlo marcará el camino a una nueva España cantonal, la que marcó el mayor grado de despropósito y el punto final de la efímera Primera República.
En la prospectiva de futuro, tanto el conjunto de España como todas las Comunidades Autónomas tendrán que conjugar las tres dimensiones de la especie humana: la dimensión individual, la social y la histórica.

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