¿DE PEDRO SÁNCHEZ AGOTAR LA LEGISLATURA?

¿DEBE PEDRO SÁNCHEZ AGOTAR LA LEGISLATURA?

Acabar con el mandato de Mariano Rajoy colmado de corrupción y desaciertos políticos de gran envergadura, como el caso catalán, es sin duda un gran mérito de Pedro Sánchez, al que debe atribuirse también el poner fin a las políticas egoístas y depredadoras que tanto daño han hecho a los trabajadores y clases medias de este país.
Con Pedro Sánchez en la Moncloa se ha podido empezar a respirar otro aire y se ha demostrado que, incluso con los mismos presupuestos, se puede gobernar de otra manera que favorezca las aspiraciones e intereses de los más vulnerables.
A ello, hay que unirle una mayor visibilidad y empoderamiento de las mujeres en nuestro país, sin que ello signifique que se hayan resuelto sus graves problemas de desigualdad y, singularmente, los que tienen que ver con esa lacra que no cesa y hemos dado en llamar violencia machista.
Hemos recuperado también la presencia internacional de España que habíamos perdido, ahora estamos de nuevo en las instituciones comunitarias en Europa y viajamos por América e incluso exponemos nuestras ideas en el seno de la ONU. Contamos además con un excelente Ministro de Asuntos Exteriores, que nos representa con total dignidad, con el plus añadido de explicar en el exterior, desde la perspectiva de un Estado Social y Democrático de Derecho, la cuestión lacerante del independentismo catalán.
Así pues, y a pesar de los nubarrones del contexto y las oscuridades puntuales en el seno del propio equipo de gobierno, pensamos que se ha marcado una nítida diferencia con respecto al Gobierno del PP. Naturalmente, no todo han sido aciertos. En 100 días han dimitido dos ministros, pero ahora lo hacen por plagiar en un trabajo de Master, mientras que ministros del PP están en la cárcel por robar y permitir que otros roben con la complicidad del partido. Algo ha subido el listón ético, y en ésto también hemos salido ganando.
Ahora bien, desde la frialdad del análisis político cuantitativo este Gobierno está aquejado desde su nacimiento de dos problemas esenciales: a) una exigua minoría parlamentaria de 84 diputados; y b) lo que es peor, depende de los nacionalistas e independentistas para sacar adelante sus leyes en el Parlamento. Si a esto se le une la actitud montaraz de Ciudadanos y el PP que exigen la aplicación inmediata del 155, la ilegalización de los partidos independentistas y el desfile del Ejército por el Paralelo, es posible explicarse el dilema al que se enfrenta Pedro Sánchez.
Todo ello sin olvidar la endiablada complejidad de la cuestión catalana: Unos políticos encarcelados acusados de graves delitos, otros huidos de la justicia con el expresidente de Waterloo al frente, tres partidos independentistas que mantienen importantes diferencias, organizaciones de la sociedad civil lanzadas a la movilización permanente, los CDR en un estado de agitación permanente y una población no independentista que ve a diario como se habla del “pueblo catalán” en su nombre y como se ocupan los espacios públicos que pertenecen a todos con símbolos de parte que siempre son independentistas. La persona que debe poner orden en este caos es Quim Torra que se dedica a hacer declaraciones explosivas y a regar generosamente los incendios con gasolina, es un President que fomenta y anima las algaradas de los radicales que agreden a su propia policía.
En este clima y con este President, el Gobierno de Sánchez, con una paciencia franciscana está tendiendo la mano para buscar puntos de acercamiento y diálogo. Si el independentismo viola otra vez la Constitución y se empecina en negociar sólo un supuesto derecho de autoderminación, que ninguna ley nacional ni internacional le reconoce, no habrá más remedio que volver a aplicar el artículo 155 de la Constitución. Con lo que, dado este caso, mejor antes que después se deberían convocar Elecciones Generales, poniendo un gran empeño en que sobreviva la democracia con dignidad tanto frente a vientos ultramontanos (tipo “Vox” europea ultra) y frente a populismos demagógicos como frente a la galopante desigualdad económica que “pasa” de democracia y del sistema jurídico que garantice derechos fundamentales de las personas. Caso de que en España se quiera fortalecer la democracia, la solución tal vez venga de un nuevo pacto social, con el correspondiente acuerdo con Cataluña y el resto de las CCAAs, que con toda probabilidad implicará reformar Constitución y Estatutos, sometiéndose en ello a la soberanía del pueblo y los pueblos de España. A este respecto, sería muy importante que todos los que quieren que seamos un solo país amparados por una Constitución, se pusieran de acuerdo.
Más allá de los nacionalismos, no cabe sino defender valores superiores, que nos son comunes, así como derechos humanos, instituciones democráticas y relaciones internacionales basadas en la Justicia. Ni las crisis económicas ni los movimientos populistas deben apartarnos de la defensa de la Paz, de la Justicia y de la Democracia. Por ello, pues, habrá que batirse el cobre en las próximas elecciones, ya sean autonómicas, locales o generales, y también en las europeas –del todo importantes para las relaciones internacionales en un mundo global-.