RES PUBLICA FEDERAL Y FORMACIÓN CÍVICA

Res Publica Federal y Formación Cívica
En la actualidad, tal como se presenta la realidad histórica, vista desde España, vista desde Europa, y vista globalmente, no sólo es importante apostar por más Europa sino saber qué Europa queremos frente a nuestras propias tendencias insolidarias – al modo capitalista global que se centra en el afán de lucro-, y frente a procesos de dominación-sumisión de tipo dictatorial; frente a todo tipo de egolatrías patrioteras insolidarias, o nacionalismos cerrados; y frente a grandes carencias de igualdad y libertad en el desarrollo de la Comunidad Humana.
Para una posible Paz Perpetua entre los Estados -lo indicó ética y políticamente Kant-, es necesario un sentido federal de construcción solidaria, sin reservas mentales. Un Estado –ya sea grande o pequeño-, no se debe ni heredar ni comprar ni vender, ni invadir o dominar por medio de guerras ofensivas o de intereses económicos, ni por medio de ejércitos permanentes (miles perpetuus). Tema aparte es la legítima defensa respecto a ataques externos.
En realidad, el sentido federal y constitucional de un Estado, en cuanto que contrato social, implica: 1) La libertad de los miembros de una sociedad; 2) Dependencia respecto de la Ley Común –consensuada y promulgada-; y 3) Igualdad de todos los súbditos. Es decir, 1libertad como posibilidad de actuar sin que se haga a nadie injusticia alguna; sometimiento al Estado de Derecho; e imposibilidad de imponer a otra persona algo distinto de lo que se acepta por ley para todos, conforme al contrato suscrito para la mejor convivencia de la comunidad. De ello deriva, necesariamente, el principio político de separación entre el poder ejecutivo (Gobierno), el poder legislativo (o parlamentario) y el poder judicial (La Justicia), con el fin de lograr un equilibrio armónico en la convivencia.
El sentido federal de lo público se opone frontalmente al despotismo, principio político consistente en que el Estado ejecute arbitrariamente las leyes que el mismo se ha dado, con lo que la voluntad pública es manejada por el gobernante como si fuera su voluntad particular. De ahí la importancia de una buena Constitución. Pues incluso el Derecho Internacional debe basarse en una Federación de Estados libres, sin que se sometan unos a la coacción de otro, sino a modo de una Confederación especial, a la que Kant denomina Confederación Pacífica (Foedus Pacificum), que intentaría terminar con todas las guerras para siempre.
El federalismo obliga a conjugar siempre la libertad que no produzca injusticia a nadie, y que deba respetarse, con la voluntad general mayoritaria. ¿Cuál es si no el imperativo categórico de la Ética? «Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal». Se trata, pues, de ver a la persona como un fin en sí mismo, nunca como un medio o instrumento. Se trata de un nuevo modo de entender la convivencia humana, venciendo tendencias egoístas, sin ley, por medio de leyes que rijan la justicia y la paz. En estos supuestos, de una buena Constitución, cabría esperar que se derivara la buena formación racional de un pueblo, para contrarrestar tendencias egoístas y fomentar así la paz interior y garantizar –conforme a derecho- la paz exterior.
En la realidad de la naturaleza, existen entre los pueblos la diferencia de lenguas y religiones, que propenden al odio mutuo y a buscar pretextos para la guerra, pero que pueden conducir por medio del diálogo civilizado y la interculturalidad a una paulatina aproximación y a un mayor acuerdo en los principios sobre la paz, no con el debilitamiento de las fuerzas –propio del despotismo que genera el cementerio de la libertad- sino logrando un equilibrio de fuerzas dentro de la más viva y enriquecedora competencia e intercambio cultural. En este sentido, los nacionalismos cerrados son contrarios a los procesos abiertos de justicia y de paz.
Como viene indicando reiteradamente Antonio García Santesmases, un proyecto federal choca, de hecho, con dos tipos de nacionalismos que se retroalimentan: el nacionalis¬mo liberal-conservador de los separadores y el nacionalismo independen¬tista de los separatistas. Por ello, dice expresamente: “En este contexto de polarización es casi imposible que cuaje un discurso favorable a una laicidad incluyente y a una multiculturalidad abierta e integra¬dora. Tanto la laicidad como la multiculturalidad ponen en cuestión un con¬cepto rígido de identidad y de nación.” ¿Cómo librarse, entonces, de las tendencias despóticas? ¿Cómo no caer en despotismo?
Defendiendo siempre, y en todo momento, el derecho a la libertad, el derecho a ser todos iguales ante la Ley, y defendiendo el Estado de Derecho, con sentido federal, con sentido inclusivo, con sentido intercultural solidario. Pues, al igual que la nación, la religión se dice de muchas maneras y si no se está dispuesto a asumir un principio tan elemental es imposible la laicidad in¬cluyente o la democracia intercultural. La emotividad y las creencias no bastan. La interculturalidad no consiste tan sólo en que convivan distintas culturas en el es¬pacio público; significa que esas culturas pueden interpelarse unas a otras porque ninguna de ellas tiene toda la verdad.

Dice Antonio García Santesmases, en un artículo, que titula “La Carpeta Vacía”, sobre Democracia, laicidad e interculturalidad, que existe un laicismo de tipo socialista en el que debe¬ríamos inspirarnos. Se trata de un laicismo más minoritario que el de corte liberal o el de raíz anticlerical. Se trata de un laicismo que piensa que los derechos de la primera genera¬ción (es decir los derechos individuales, civiles y políticos) son imprescindibles pero insuficientes y que frente al neoliberalismo económico reivindica los derechos económico-sociales, los derechos al empleo, a la salud, a la protección social y a la educación. Los derechos que ven en peligro las clases medias y que hace que se lancen en brazos de propuestas como el Brexit en Inglaterra, Le Pen en Francia o Donald Trump en Estados Unidos.

En la batalla por preservar el modelo social europeo, por ser sensible a las periferias, por dar voz a los excluidos, por combatir los muros de incom¬prensión y por tender puentes de entendimiento, los laicistas de inspiración social o socialista, como dice Santesmases, encuentran en innumerables ocasiones aliados en sectores cris¬tianos de izquierda que llevan años luchando en este mundo de la frontera entre las religiones y entre los excluidos. Este sentido de laicidad racional estaría más de acuer¬do con lo que defendió ejemplarmente durante años Luís Gómez-Llorente. Y ese sentido de laicidad es el que se necesita para una correcta Educación para la Ciudadanía que promueva la res Publica, el Estado Federal.

Los Estados Libres Federados, y la Confederación Pacífica de Estados Libres, sería muy conveniente que no abandonaran la Filosofía ni el sentido de la Historia y que promovieran la Formación para la Ciudadanía, en aras a alcanzar la Justicia y la Paz Perpetua.

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