PROBLEMA ÉTICO DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

PROBLEMA ÉTICO DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

José Luis López Aranguren, en el capítulo XII de su libro Ética y Política, reflexiona sobre: “El problema de la Democracia”. Tras desvelar una doble insuficiencia de la ética política (por liberalismo individual interesado o por el optimismo de que la voluntad general vaya a ser siempre justa), concluye que no basta con status democrático sino que es necesaria una lucha constante por la democracia, conjugando ética y política, pues de no avanzar en el sentido de la ciudadanía pública se retrocede en voluntad moral de liberación personal y colectiva.
En efecto, para que haya verdadera democracia –no sólo formal sino real- tiene que lograrse una auténtica conversión de la persona privada en persona pública. Las comunidades, cuando dejan de ser muy reducidas, admitamos que deben gobernarse por delegación, pero no basta con que la ciudadanía nombre a sus representantes; no basta con hacer posible la libertad; no basta con que se plasme institucionalmente la voluntad general de forma cuántica o estadísticamente. Hay que lograr la moralización pública; hay que lograr que la voluntad general sea recta, conforme a razón, y sea justa y equitativa. No basta con el culto a la personalidad ni con la exaltación de los liderazgos. Democracia es participación activa en vistas a un fin racional que se persigue como interés general o bien común.
Decía Aranguren que la moralización del Estado no es nada fácil. Requiere: a) un dispositivo técnico-jurídico…; b) el reconocimiento legal de unas libertades (de prensa, de expresión, de asociación…); c) de la tensión entre mayorías y minorías que fomenten la conciencia política; d) la voluntad firme de progresar en democracia. Requiere, además (diríamos nosotros), el fomento de una socio-economía a la altura de nuestros tiempos, de tensión y crisis entre lo local y lo global.
A fin de cuentas, si la democracia deja de ser lucha por la democracia, se corrompe y se destruye a sí misma. En consecuencia, la democracia representativa debe tender siempre a que el pueblo soberano sea capaz de gobernarse a sí mismo, con sentido de lo público y con la racionalidad propia de la recta razón y la verdad, el impulso de la economía social y la justicia.

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