LOS CAMBIOS CONSTITUCIONALES DEL PARTIDO SOCIALISTA OBRERO ESPAÑOL

LOS CAMBIOS CONSTITUCIONALES
DEL PARTIDO SOCIALISTA OBRERO ESPAÑOL
Por José Manuel Llamas y José Mora
El seis de julio de 2013 el Consejo Territorial del Partido Socialistas Obrero Español aprobó en Granada un documento en el que se proponía modificar la Constitución de 1978 en diferentes puntos, entre ellos, y como el más significativo, hacer del Estado de las Autonomías, mal definido y peor regulado, un Estado Federal con perspectivas de permanencia.
Se entiende que era una propuesta lógica pues, al margen de que la actual estructura del Estado de las Comunidades Autónomas de más competencias a éstas que muchos Estados Federales a sus Estados miembros, es cierto que sería conveniente definir en la Constitución con claridad y precisión el tipo de Estado en que se constituye España, así como las competencias, en todas los terrenos, de los Estados miembros y del Estado Federal. Lo que tampoco quiere decir que con esas reformas se pudiera contentar o apaciguar a los movimientos independentistas de algunas regiones de España que perdurarían muy probablemente aunque, quizá, con menos fuerza. Sin olvidar que la soberanía continuaría siendo de todos los españoles
Es pues coherente que el programa electoral del PSOE haya recogido en las últimas elecciones la modificación de la Constitución de 1978, como una de los partes más importante del quehacer de un posible gobierno del partido. Cambios constitucionales que lógicamente no se limitarían a definir La estructura del Estado, sino que irían más allá y propiciarían el cambió de otros contenidos de la Constitución vigente.
Tales reformas son sin duda parte fundamental de las promesas hechas por el partido socialista a los españoles, que sin duda no son caprichosas sino que responden a requerimientos básicos para que España siga adelante en el complicado camino que están marcando los tiempos.
Lo que el PSOE debería decir a los ciudadanos es que las reformas constitucionales que promete para llevarlas a término es imprescindible contar con el apoyo o colaboración de la derecha política de este país. Están perfectamente definidos en los artículos 86 y 87 de la Constitución los requisitos y pasos a dar para los cambios constitucionales, y en la práctica no hay alternativa a una colaboración entre ambas fuerzas.
Si realmente estima imprescindible la reforma constitucional el partido socialista tendrá que buscar la forma de llegar a acuerdos necesarios para llevarla a término. En el momento actual la obsesión por formar un gobierno llamado de izquierdas no es precisamente el camino para ese fin. La socialdemocracia ha sido, tras la segunda guerra mundial, una fuerza política fundamental en Europa para su reconstrucción y para la formación y desarrollo de la Unión Europea. En España lo fue, también, por medio del PSOE para implantar la democracia y con ella el Estado de Bienestar.
Tras la mala experiencia de los gobiernos Zapatero sería un desastre que el Partido Socialista Obrero Español volviera a cometer graves errores formando un gobierno inestable con un partido contradictorio, de tintes estalinistas, que busca desbordar lo existente y utilizar, con sus “mareas” el Estado para desbordar al propio Estado mediante un proceso asambleario constituyente alternativo al pasado y al presente. De ahí que se busque también la colaboración de partidos independentistas y partidos de extrema izquierda antisistema y asamblearios. En definitiva, pactar el PSOE con esas fuerzas sociopolíticas sería entrar en el juego de una riada que sólo garantizaría una inestabilidad permanente y el pago de favores que posiblemente llevarían al país a una situación desastrosa, en la que el propio PSOE se vería negativamente tocado en su trayectoria de futuro.
En consecuencia, parece más realista el pacto con los partidos constitucionalistas para tener una legislatura de no más de dos años y reformar la Constitución del 78.
Tal opción constitucional reformista, capaz de encauzar tendencias de rebeldía y revolución, sería vital para acudir a unas nuevas elecciones con la renovada ilusión de conseguir una mayoría del PSOE amplia y poder gobernar así con los principios de la socialdemocracia para bien de los españoles y de España.
No olvidemos, pues, que estamos y somos en el marco de la Unión Europea y en un momento histórico en el que habrá que revertir la marcha economicista de la globalización mundial hacia un sentido social y de garantía de derechos civiles, sociales y políticos.
Sevilla enero 2016
José Manuel Llamas y José Mora

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DEBEMOS LOGRAR UN PACTO DE IZQUIERDA

DEBEMOS LOGRAR UN PACTO DE IZQUIERDA

Estimado compañero Pedro:

Estamos de acuerdo en que el PSOE, tras las elecciones del pasado 20-D, pasa por un momento crucial. Sabemos que los resultados no fueron buenos para el partido, pero los 90 escaños conseguidos en el Congreso de los Diputados, que sitúan al Grupo Socialista como principal fuerza de izquierda en el Parlamento español, implican una posición que obliga a asumir con coherencia programática y coraje político lo que del PSOE esperan quienes han puesto en él su confianza.

En medio de la difícil situación de nuestra sociedad y de la estructura territorial del Estado español, de las decisiones que tomemos depende el futuro del socialismo democrático en nuestro país, y estamos convencidos que el futuro del país mismo. El PSOE, superando enfrentamientos estériles, tiene la responsabilidad de encauzar su acción hacia políticas transformadoras, de emancipación y solidaridad, contribuyendo desde su posición en la izquierda a articular su pluralidad y a reforzar sus potenciales de cambio. De no ser así, el PSOE podrá verse replegado sobre políticas alineadas con la derecha, sin ser capaz de ofrecer un proyecto de izquierda creíble, tanto para España como para Europa.

Tanto desde la Ejecutiva del partido, como desde su Comité Federal, se ha manifestado que el PSOE votará “no” a la investidura como presidente del Gobierno de cualquier candidato del Partido Popular. Reconociendo que el PP, con mayor número de escaños en el Congreso, tiene la obligación de intentar formar Gobierno, hay razones de peso para que el PSOE no apoye tal iniciativa, ni activamente con su voto, ni pasivamente mediante su abstención.

Como Secretario General del Partido, y refrendado por el Comité Federal, has manifestado tu voluntad de intentar un pacto para una mayoría parlamentaria que permita un gobierno de cambio, en caso de que no lo logre el candidato de la derecha. Un pacto de izquierdas es indispensable para las políticas de reconstrucción social que nuestro país necesita, desde la lucha contra el paro con nuevas políticas económicas hasta la defensa del Estado de bienestar, así como el logro de un renovado pacto constitucional, dada la crisis del Estado español.

Para los objetivos señalados están abiertas posibilidades de negociación con Podemos y otras fuerzas políticas que hay que aprovechar. Nos compromete a ello el defender los derechos civiles y sociales de ciudadanas y ciudadanos, la profundización en la democracia, la dignificación de la política erradicando la corrupción y la reforma del Estado de las autonomías para construir el Estado federal plurinacional que la realidad política de España exige. Es en el marco del debate sobre la ineludible reforma constitucional donde ha de plantearse el procedimiento adecuado, como puede ser una consulta legal a la ciudadanía, para el reconocimiento de la realidad nacional de Cataluña. Son tareas que las izquierdas deben acometer sin demora.

EL PSOE tiene la posibilidad de presentar, junto a otras fuerzas políticas, una alternativa a la derecha neoliberal y conservadora. Esa posibilidad hay que hacerla realidad, no resignándonos de antemano a unas elecciones anticipadas sin haberlo intentado. Los procesos internos de cara al próximo congreso ordinario del partido han de tener en cuenta, considerando lo que nuestros Estatutos señalan, la prioridad política de la búsqueda de ese pacto que aglutine aspiraciones de justicia social, igualdad y regeneración democrática, la cual tú, como secretario general y candidato a la presidencia del Gobierno, debes encabezar.

Saludos socialistas.

José A. Pérez Tapias, miembro del Comité Federal del PSOE
Andrés Perelló, miembro del Comité Federal del PSOE y de ES del PSPV-PSOE
Odón Elorza, diputado del PSE-PSOE
Esperança Esteve, ex-diputada del PSC
Manuel de la Rocha Rubí, ex-diputado del PSOE-M y miembro de Izquierda Socialista

Vicent Garcés, exeurodiputado, coordinador de ES-PSPV y miembro de la Comisión Ejecutiva Nacional del PSPV-PSOE
Maite Ibáñez, de la Coordinadora de ES y de la Ejecutiva de PSPV-PSOE de Valencia

Borja Suárez Corujo, militante del PSOE-M y miembro del colectivo Líneas Rojas

ELECCIONES GENERALES 2015: PACTOS POSTELECTORALES

ELECCIONES GENERALES 2015: PACTOS POSTELECTORALES.

Existe entre la población un gran hastío de una cierta manera de ejercer el poder que orilla los intereses generales, para abordar aquellos asuntos que benefician en exclusiva a una minoría privilegiada. Tal es el caso de la derecha cuyos gobiernos siempre están orientados a preservar e incrementar la riqueza de los poderosos de la Tierra, lo que implica secuestrar el Estado Democrático y ponerlo al servicio del poder económico-financiero.
Si algo han dejado claro los electores, a la vista de los resultados del 20D, es que no quieren que ninguna fuerza política ostente el poder en solitario. Los electores han dicho: Estamos cansados de las mayorías absolutas, de sus peleas interpartidistas, y de sus intereses crematísticos. Pónganse de acuerdo y resuelvan los problemas sociales, económicos y culturales del país, porque eso justifica su existencia y para eso les pagamos. Pongan el Estado al servicio del conjunto de la sociedad. Así pues, es la hora de los pactos y sustraerse a estos e ir a unas nuevas elecciones generales -opción posible y aun probable- sería un fracaso de los políticos que tienen la responsabilidad en estos momentos y podría ser inoperante con unos resultados similares o muy parecidos, que nos dejarían en la misma situación seis meses más tarde.
El Comité Federal, máximo órgano del PSOE entre congresos, ha adoptado dos resoluciones:
1ª) No a la investidura de Rajoy u otra persona del PP.
2ª) Ha habilitado al Secretario General para que, una vez fracasada la investidura del candidato del PP, intente concitar fuerzas políticas en torno al PSOE que acuerden un programa de reformas y gobierno para la investidura de Pedro Sánchez.
Los acuerdos no son fáciles y cuentan con inconvenientes quizás insalvables. Tampoco ayuda las constantes advertencias e intromisiones de los barones y baronesas que parecen no haber entendido el dictamen de las urnas o están planteando luchas de poder interno que, en estos momentos, pueden conducirnos al suicidio como organización.
A nuestro juicio, hay las siguientes opciones:
A) Un pacto a tres PSOE, Podemos, Ciudadanos. El acuerdo debería incluir un gobierno de coalición para 4 años nucleado en torno al PSOE, donde este ocuparía la posición central que no de centro y tendría al menos, 4 grandes apartados programáticos:

1) Un programa de lucha contra el paro con políticas activas y reindustrialización y creación de tejido productivo, dotado económicamente con la amplitud que corresponde a la gravedad del problema, derogando la reforma laboral del PP y toda la hojarasca que se oponga a tal fin.

2) Un plan de emergencia social y de lucha contra la pobreza, que se ocupe del gran sector de la población que ha perdido el trabajo, la vivienda, las ayudas sociales, las ayudas a la dependencia. Es decir, que procure una vida digna para estas personas.

3) Un blindaje constitucional de los derechos laborales, sanitarios, educativos y sociales de la población.

4) Una reforma constitucional tan profunda como sea necesaria, que reconozca el carácter culturalmente plurinacional de España y encaje todas sus partes en el puzle general, negociando y atendiendo, en lo posible, las peticiones de los llamados nacionalistas. Al acuerdo habría que sumar al PP. Dicha reforma constitucional culminaría con una consulta al pueblo soberano que refrendaría o no el Gran Acuerdo.
El inconveniente radica, tal vez, en lo alejado de las posiciones que mantienen Podemos y Ciudadanos en cuestiones territoriales y económicas. No obstante, pensamos que el momento requiere una buena dosis de realismo, en el marco actual de la Unión Europea y del mundo globalmente considerado.

B) Un pacto con Podemos y otros, con la abstención de Ciudadanos. Tendría que incluir los 4 puntos anteriores y sería mucho más frágil y dependiente además de fuerzas centrífugas difíciles de contentar. También tenemos la duda razonable de la sinceridad de Podemos a la hora de negociar, pues no hay que descartar el que juegue al desgaste del PSOE, con la mirada puesta en unas próximas elecciones generales donde, según sus cálculos, sobrepasaría al partido socialista.

Los 4 puntos que señalamos no agotan ni mucho menos las posibilidades de acuerdo, hay muchos más asuntos que deben ser tratados, no obstante, nos parece que son básicos y deben ser tomados en consideración.

C) La gran coalición PP-PSOE. No vamos a desarrollar esta posibilidad porque pensamos que sólo estaría justificada en caso de emergencia nacional por ejemplo: Reino Unido nos declara la guerra o Cataluña, País Vasco, Galicia, La Comunidad Valenciana y Extremadura, se declaran independientes el mismo día a la misma hora. En estos casos y previa desaparición de Mariano Rajoy, podríamos comenzar a hablar de gran coalición PSOE-PP.

Nosotros deseamos lo mejor para nuestro país y, por tanto, nos inclinamos por gobiernos de izquierdas o centro-izquierdas que nos hagan recuperar la ilusión en un proyecto común y mejoren sustancialmente la vida de todos los españoles, en un marco constitucional propio del Estado Social y Democrático de Derecho, que defendemos.

REPUBLICA, LAICIDAD Y CIUDADANIA

REPUBLICA, LAICIDAD Y CIUDADANIA

Antonio García Santesmases * ( Periódico digital Cuarto Poder. 29 Noviembre 2015)
¿Qué podemos aprender de lo ocurrido en Francia tras los sucesos trágicos que hemos podido contemplar? Algo muy elemental y que nos cuesta aprender: la laicidad es necesaria pero no es suficiente. Es necesaria si queremos hablar de democracia pero no es suficiente si queremos que esa misma democracia y los valores republicanos lleguen a arraigar. Poco puede hacer la laicidad cuando el modelo social europeo se descompone y el orden internacional aparece descontrolado, lleno de luces y sombras, donde cambian los aliados, las prioridades y las estrategias de la noche a la mañana a una enorme velocidad. Los antagonistas de ayer son los aliados de hoy; los criminales, los benefactores; las esperanzas primaverales, las pesadillas invernales.
España y Francia
Todos los que nos hemos interesado por la cuestión del laicismo hemos mirado siempre a Francia como ejemplo de un modelo de república laica. Un modelo que hemos envidiado, que hemos admirado y del que nunca hemos dejado de aprender (de sus aciertos y de sus errores). Lo hemos hecho hoy igual que lo hicieron los republicanos españoles en los años treinta. Hay que recordar que los acuerdos en 1905 sobre la laicidad plantean una crisis del Estado francés con el Vaticano que no se salda hasta los acuerdos de 1924.
Cuando la república española trata de resolver el problema religioso, el Vaticano trata de buscar un acuerdo porque tiene en su cabeza lo ocurrido tras la revolución rusa y la revolución mexicana y piensa que mejor conseguir un acuerdo, como el logrado con una república laica como la francesa, que ir a una polarización de consecuencias imprevisibles. No dejaba de tener razón el Vaticano pero no logró controlar a las derechas españolas.
Las derechas españolas sabían que no existía ninguna nostalgia en la población española por la monarquía que había desaparecido con la marcha de Alfonso XIII al exilio. Por ello, enseguida concluyeron que la manera de encontrar una bandera que permitiera articular una oposición contundente al régimen republicano era movilizar al pueblo católico contra la república laica. Existieron notables diferencias entre la actitud de los católicos posibilistas, accidentalistas, dispuestos a la negociación, articulados por la CEDA, y la actitud beligerante de los que poblaban las filas de Acción Española, dispuestos a acoger en su seno a jóvenes admiradores entusiastas del fascismo italiano, que, al final, constituirían La Falange.
El intento de Azaña y de Fernando de los Ríos (con diferencias relevantes entre ambos) no encontró el apoyo de Gil Robles que se negó a suscribir el texto constitucional. Es un dato que se olvida en muchas ocasiones al enjuiciar lo ocurrido en aquellos años.
El hecho es que el modelo de un Estado que se hiciera cargo del mundo educativo, que promoviera una ciudadanía más allá de las particularidades religiosas, que fuera capaz de articular un sentido de nación cívica y no religiosa, siempre estuvo presente en las aspiraciones de los republicanos españoles. Y siempre encontró la mayor hostilidad en las derechas españolas para las que la república laica era contraria a la tradición española, en la que estaban sellados indefectiblemente el trono y el altar. Para los que no estaban dispuestos a defender la monarquía, permanecía, sin embargo, la catolicidad como elemento esencial de la identidad nacional.
Los republicanos españoles admiraban el modelo francés y vivieron con un terrible dolor, como un hachazo, el abandono que Francia hizo de la república española cuando se produjo el golpe militar de julio del 36. La política de no intervención los dejó a los pies del nazismo y del fascismo. Ese dolor se tornó en sorpresa cuando contemplaron la facilidad con la que caía la república francesa ante el nazismo en 1940. El pueblo español había resistido durante tres años a un golpe militar y el pueblo francés había caído sin resistencia. ¿Qué le pasaba a la nación ejemplo de república, de laicidad, de ciudadanía, heredera de la revolución francesa, para sucumbir con tanta facilidad? Chaves Nogales tiene reflexiones muy agudas sobre este fenómeno de la agonía de una nación.
El modelo de la democracia española del 78
A pesar del dolor de los exiliados españoles por el comportamiento de Francia y de Inglaterra durante la guerra civil española; a pesar de que la deuda de la Europa democrática con la España republicana nunca fue saldada, no cabe duda que el modelo para las izquierdas españolas, al encarar la transición, seguía siendo Francia. Sigue siendo un modelo que permanece como un referente ideal pero que no se llegó nunca a implantar. Los pactos de la transición condujeron a un consenso que hoy está puesto en cuestión y que puede ser revisado en la próxima legislatura.
El modelo que se implantó en España, define un modelo de Estado aconfesional, que reconoce el papel de la Iglesia católica en el propio texto constitucional y que propone un modelo de colaboración entre la Iglesia y el Estado en el ámbito educativo. Tras laboriosas negociaciones – incluyendo la retirada del ponente socialista de los trabajos de la ponencia constitucional – se alcanzó el consenso en torno al artículo 27 de la Constitución.
Donde no hubo consenso fue en los acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede que el gobierno de UCD negoció paralelamente al debate constitucional y que aprobó con el voto en contra de los socialistas. Tras catorce años de gobierno de Felipe González y ocho de Rodríguez Zapatero no se han denunciado estos acuerdos, aunque la promesa siempre vuelve a aparecer cuando hay campañas electorales. En esta ocasión también ha vuelto a aparecer. La necesidad del replanteamiento del modelo vigente viene de la nueva situación que estamos viviendo y que sucesos como los vividos en Francia no hacen más que recordarnos. Los acuerdos plantean que es imprescindible preservar el derecho de los padres a que sus hijos reciban una enseñanza de la religión de acuerdo con sus convicciones; la enseñanza de la religión no es obligatoria, pero debe desarrollarse en horario escolar y el profesorado que la imparta debe ser elegido por las autoridades eclesiásticas.
¿Multiconfesionalismo o laicismo?
El haber concedido esta prerrogativa a la jerarquía católica ha provocado que soportemos una profunda anomalía. El profesorado de los centros públicos es elegido por el Estado entre los aspirantes respondiendo a criterios basados en el mérito y la capacidad; esto ocurre con todos los profesores exceptuando al profesorado de religión que es elegido por el Obispo de cada provincia. En el momento en que se aprobaron estos acuerdos, España era un país que salía de una dictadura en la que el nacional-catolicismo había tenido un papel fundamental y en la que pesaba en la mente de los constituyentes el recuerdo de la tensión sobre la cuestión religiosa a la hora de fracturar la convivencia entre los españoles.
En aquel momento no podíamos imaginar la relevancia que tendrían hoy fenómenos como la multiculturalidad. La situación en la que nos encontramos es que si el Estado español mantiene los actuales acuerdos, las distintas confesiones religiosas solicitarán (ya lo están haciendo) el mismo estatus que la jerarquía católica. Si mantenemos los actuales acuerdos, la multiconfesionalidad se acabará imponiendo.
Algunos consideran que ese es el camino que nos espera y que además es un camino deseable para avanzar en la política de integración de los distintos colectivos. Hacer presentes las distintas religiones en los centros educativos y buscar vías de convivencias que permitan aceptar las diferencias es el objetivo que persiguen.
Otros pensamos que sería preferible buscar una vía alternativa. De la misma manera que en las Facultades de Filosofía existen materias como Filosofía de la religión o Historia de las religiones, o en las Facultades de Sociología asignaturas como Sociología de la religión; habría que conseguir que todos los alumnos tuvieran un conocimiento de las variantes del hecho religioso y de las actitudes ante el mismo. Un estudio de las distintas religiones y de las posturas filosóficas (creencia, agnosticismo, ateismo) ante el hecho religioso.
Creo que un estudio laico del hecho religioso – que dejara la catequesis para la parroquia, para la sinagoga o para la mezquita – sería muy conveniente para afrontar los problemas del multiculturalismo y del republicanismo, del antisemitismo y de la islamofobia.
Ello no resuelve naturalmente los problemas de la precariedad laboral o de la exclusión social; no logra compensar todas las desigualdades que provoca el orden económico dominante pero puede ayudar a que la memoria de lo vivido no se pierda. La posibilidad de seguir viviendo juntos está llena de agravios y de heridas no curadas, pero también de esperanzas y de promesas; la reflexión sobre el porvenir exige tener en cuenta lo que nos une, lo que la república tiene que garantizar.
Es evidente que el neoconservadurismo moral siempre ha estado en contra de esta propuesta republicana porque a su juicio el laicismo iguala a las distintas confesiones religiosas y nos conduce hacía una política de permisividad moral y de relativismo. Son conocidas las críticas desde estas posiciones igualmente al buenismo en política internacional y a cualquier política de entendimiento y de alianza entre distintas civilizaciones.
Lecciones de una tragedia
Siendo apabullante en los medios esta posición neoconservadora, es evidente que todos los expertos que tratan el desafío ante el que nos encontramos insisten en la necesidad de articular una política que logre la integración de sectores de la población musulmana que no se sienten vinculados a los valores de la república laica y que muestran su frustración atacando los símbolos nacionales o aplaudiendo la violencia criminal. Pueden ser muy minoritarios los que de ahí pasen a engrosen las filas del terrorismo islámico pero el problema crece y crece en los barrios desestructurados. Pueden ser pocos pero siempre serán muchos para garantizar la seguridad.
Si no se logra esa integración, si esa frustración sigue acumulándose, es muy difícil asegurar la convivencia y es fácil prever que nuestras democracias liberales serán profundamente transformadas para peor. Cuando la tragedia ocurre, todo el mundo mira a los servicios secretos, a las fuerzas policiales, a las alianzas militares, pero todo el mundo mira también a la educación. Lo que los hechos nos muestran, una y otra vez, es que no será posible que la escuela pública cumpla su cometido si se le pide que sea ella y sólo ella la que palíe las desigualdades que produce nuestra sociedad.
La escuela pública puede hacer mucho pero no lo puede hacer todo; pero lo que sí puede hacer es ser consciente de que la transmisión de los valores del mundo republicano no está garantizada para siempre. Hace unos meses pudimos ver en los cines una película que refleja admirablemente esta situación. Estamos ante el comienzo de curso y una profesora veterana se encuentra con el problema de todos los años ¿cómo despertar la curiosidad de sus estudiantes?, ¿cómo hacerles ver la necesidad de la memoria para evitar que todo (también el mal) caiga en el olvido?. La película a la que me refiero, La profesora de historia, mostraba la fuerza de una docente que logra que alumnos de distintas culturas reconstruyan el pasado y se hagan cargo de lo que significó el holocausto.
Al verla pensé en todo lo que queda por hacer para que esa curiosidad se despierte también en nuestro país y los alumnos de nuestros institutos puedan saber, al ver por televisión la serie sobre Carlos V, quién era Lutero, qué papel jugaba el Vaticano, qué reclamaba Bartolomé de las Casas y por qué ya entonces tenía importancia el Turco. Si además de conocer las batallas se pudiera argumentar por qué se superaron las guerras de religión y se llegó a aceptar el pluralismo, mucho habríamos avanzado.
(*) Antonio García Santesmases es Catedrático de Filosofía Política de la UNED.

EL FIN DE LA PRIMAVERA ÁRABE

EL FIN DE LA PRIMAVERA ÁRABE

Catorce niños murieron en accidentes de tráfico en España durante el año 2014. En accidentes domésticos son varios cientos de menores los que mueren anualmente y aun más dramáticos son los parricidios de los que en los últimos años se han dado casos horribles en nuestro país. Fue, sin embargo, la fotografía de un niño emigrante ahogado en una playa solitaria el foco de atención, de los medios de comunicación de España, y durante días el mundo entero se conmocionó y hubo pronunciamientos sobre la fotografía que figuró en las primeras páginas de la prensa de todos los continentes.
La razón de una reacción tan generalizada y profunda de pesar y rechazo se debió, quizá, a que la muerte de este niño simbolizaba la difuminación de la esperanza que despertó la llamada primavera árabe en sectores muy amplios de las sociedades occidentales.
Las personas de buena voluntad de Occidente vieron los movimientos que se iniciaron, a lo largo de 2010 en varios países, llamados genéricamente árabes, desde Túnez a Egipto, pasando por Libia y Siria, sometidos por la opresión de dictadores sanguinarios, como el comienzo de una liberación de los pueblos sometidos por la tiranía.
Todas esas personas olvidaron que los revolucionarios tenían como base de su proceder, además de sus intereses territoriales y de recursos de poder económico, motivaciones de tipo religioso. Actuaban en nombre de su dios, y la historia de Occidente ha dejado claro que para conseguir la implantación de regímenes democráticos, estados de derecho y con ellos la implantación de los derechos humanos es imprescindible separar las religiones monoteístas, con sus retahílas de dogmas, del poder institucional del Estado.
Turquía es un país con una población mayoritariamente musulmana que es una Republica democrática, secular, unitaria y constitucional desde 1923, tras la primera guerra mundial, y fue posible que se constituyera como tal porque así lo decidió un militar al mando, Mustafa Kemal Atatürk. Últimamente está en el poder el líder de un partido con bases religiosas, el país permanece en la laicidad al mantener separado el poder civil de la religión, pero su comportamiento está dando muestras últimamente de estar influenciado en exceso por la religión y despierta dudas y recelos en Occidente por su proceder.
Indonesia, el país del mundo con mayor población musulmana y un pueblo muy religioso, pasa por ser una republica laica, aunque los conflictos de carácter religioso se multiplican y ya están apareciendo movimientos extremistas islamistas.
Se escuchan opiniones tibias en defensa del Islam, porque según tales es pacífico y es una cuestión distinta a él las acciones de extrema violencia que algunos musulmanes llevan a cabo en nombre de su dios.
Lo cierto es que la llamada primavera árabe ha dado como resultado mantener algunos Estados en la misma situación, o peor, de la que estaban y, en otros, ha generado un monstruo sanguinario que bajo el mandato de una religión monoteísta se ha marcado como objetivo acabar con la civilización occidental que algunos se empeñan, arrastrados por otra religión monoteísta, en llamar judeo-cristiana, cuando sus raíces más profundas son greco-romanas. Pues, aunque estuvo sometida, durante siglos de oscurantismo, por lideres religiosos, solo cuando logró librarse de ese dogal, y los países más avanzados se constituyeron en estados, laicos los derechos del hombre se impusieron y con ellos la democracia, que ya tuvo sus primeras manifestaciones en la Grecia antigua.
La primavera árabe ha sido una quimera y ha puesto de relieve que Europa está minada por terroristas religiosos del Islam, origen de peligros que amenazan y son difíciles de eliminar.
El dilema es saber si es posible mantener dentro de la Unión Europea en pleno siglo XXI comunidades que, al margen de sus creencias religiosas -lo que protegen las constituciones de los países miembros-, están sometidas por dogmas que imponen sus líderes religiosos y que no respetan los derechos humanos.