DE LA MISERIA Y LA OPULENCIA A UNA VIDA DIGNA

DE LA MISERIA Y LA OPULENCIA A UNA VIDA DIGNA

En la España de la post-guerra (año 1952), tras desaparecer las cartillas de racionamiento, tuvieron que pasar algunos años hasta que hubiese los recursos necesarios para que una mayoría de los ciudadanos tuvieran acceso a una alimentación aceptable. La población europea comenzaba entonces a superar el caos de miseria, desarraigo, guerras civiles, venganzas y masacres racistas y nacionalistas, en el que quedó sumido el continente tras la Segunda Guerra Mundial.

En los años sesenta, las familias españolas compraban cada día en los mercados donde los productos que se vendían al pormenor se envolvían en las páginas de los diarios desechados. El aceite, solo el de oliva, se traspasaba de las damajuanas a las alcuzas domésticas. La leche iba directamente del ordeño al cuartillo con el que se medía y después a la lechera y, por último, al cacharro donde se hervía, lo que era preceptivo para evitar enfermedades. El vino se escanciaba de los toneles a los vasos en la tabernas o a las botellas que llevaba el comprador para beberlo en   su casa.

Con la llegada de los frigoríficos y la implantación de los supermercados y las grandes superficies comerciales las familias comenzaron a comprar la mayoría de los alimentos que necesitaban para una semana o incluso para quince días, lo que supuestamente les suponía un ahorro. Los productos se vendían en envases, hechos con los polímeros más diversos.  La leche, tras pasar por centrales lecheras, donde se trataba lo que hacía innecesario el hervido, iba en envases desechables y el vino que se consideraba aceptable se vendía en botellas de vidrio. El aceite también se comercializaba envasado. Ya no estaba sólo el de oliva, también apareció el de soja y el de girasol.  Era la etapa en la que la sociedad daba los pasos que le llevarían al consumismo al que se entró con algunas limitaciones en los años setenta.

Cuando el país formó parte de la Comunidad Económica Europea comenzaron a imponerse los controles sanitarios y de calidad sobre los productos de la alimentación, fechas de consumo preferente y de caducidad y todo tipo de datos sobre origen, composición, y demás requisitos. Este conjunto de exigencias y la sobreproducción hicieron que se tiraran a la basura anualmente millones de toneladas de alimentos en los países de Europa, la mayoría en buen estado para el consumo humano.

Paralelamente a tales muestras impresentables de opulencia, se ponían de moda los restaurantes de lujo, que buscaban y conseguían las famosas Estrellas Michelín, donde se servían platos para los paladares más refinados, había cartas no solo para el vino, también para el agua. Y fruto de las exquisiteces al uso, comenzó a hablarse de la  investigación culinaria, que los medios de comunicación divulgaban y exaltaban como valores fundamentales de la sociedad.

Ahora bien, para acceder a los centros de refinamiento y elitismo culinario había que inscribirse en listas de espera y buscar recomendaciones, lo que sin duda merecía la pena para degustar exquisiteces únicas. Y, sin embargo, algunos de lo comensales, tras pagar precios desorbitados por el menú, cuando volvían a sus casas se comían un bocadillo de chorizo con tinto de la tierra para calmar el hambre y recuperar los sabores que le hablaban de su realidad vital. Y, a pesar de tales contradicciones, se multiplicaban los cursos para reconocer las calidades de los caldos, su origen, su tratamiento, sus sabores y las añadas así como el tipo de cocina o cocción.

Frente a tal opulencia social y elitista, en realidad, el veinte, veinticinco o un treinta por ciento de la población de los diferentes países europeos estaba en la pobreza –relativa si se quiere pero también extrema- y tenía grandes dificultades para alimentarse, lo que se intentaba paliar con la caridad, de la mano de las  instituciones religiosas y por medio de bancos de alimentos. Una vergüenza más a sumar a la historia de la vieja Europa. Ahora, tras la prolongación exagerada de la crisis económica global, Grecia, el país de la zona euro que padece la actual situación con mayor intensidad, ha modificado las normas que regulan el control sobre fechas de consumo de los alimentos, con el fin de prolongar el tiempo apto para su consumo. Esta medida va en contra sin duda de los ciudadanos que acudían a los contendores de basura de los centros comerciales para coger los productos caducados, pero favorece a otras capas sociales que podrán comprar tales productos a un precio más bajo.

Las circunstancias actuales, en estos momentos de crisis persistente, harán pensar, sin duda, a los legisladores europeos sobre las normas que regulen el control de los alimentos. Pero quizás también sobre una necesaria educación respecto al uso y consumo de bienes y servicios, de modo que frente a la opulencia de unos pocos domine la vida digna del conjunto de la sociedad.

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