LA HUELGA GENERAL Y LAS RESPONSABILIDADES DE LA CLASE POLÍTICA

LA HUELGA GENERAL Y LAS RESPONSABILIDADES DE LA CLASE POLÍTICA

 

Una huelga general tuvo lugar en nuestro país el pasado 29 de marzo, a la que han seguido y seguirán otras sectoriales, en torno a la misma, a su éxito o a su fracaso, a su pertinencia o no, a las posibles consecuencias y a otros muchos aspectos se han manifestado públicamente numerosos políticos, de todos los signos, con valoraciones y augurios variopintos.

Lo único cierto es que la clase trabajadora ha manifestado públicamente su rechazo y rebeldía ante una realidad que le es más contraria de lo que puede soportar. Lo ha hecho porque se siente la víctima principal de la actual crisis económica, porque la tratan como si ella la hubiese provocado, porque los gobiernos están decididos a hacer que los trabajadores sean aún más vulnerables a la explotación y a sus miserias por medio de reformas legales que debilitan sus derechos y los hacen pagadores de políticas erróneas a las que son ajenos, al tiempo que refuerzan los privilegios de unas minorías que acaparan los recursos.

La clase política habla de la reforma laboral y de la huelga como si buscaran convertirla en un hecho aislado o como mucho la respuesta a una acción de gobierno, pero detrás hay una historia reciente mucho más honda y amplia que los ciudadanos tienen que conocer, porque aunque se habla mucho de ello la clase política no ha explicado aún con claridad todos los hechos, las consecuencias de lo malos gobiernos, de las que algunos sacaron, sacan y sacarán ventajas, y las medidas para exigir responsabilidades.

Los responsables políticos no quieren que en los esquemas mentales de los trabajadores quede claro el recorrido que ha seguido el país hasta llegar a esta huelga general, para que puedan exigir que paguen los culpables y luchar en el futuro contra procesos similares en sus inicios, cuando pueden tener arreglo.

Los trabajadores están también a la espera de saber las medidas concretas que tomará la clase política para salir de esta situación y propiciar un futuro que sea menos desfavorable para ellos, pues en definitiva son la mayoría que da o que quita el poder, en las urnas, de lo que deben ser conscientes, y están en su derecho el reivindicar conocer los planes para el futuro y sus fundamentos.

La primera parte de la respuesta política sería dejar claro el camino que se ha recorrido hasta llegar a la situación en que nos encontramos, donde figuren los beneficiados y los perjudicados, y si no hubo alternativas. A estas alturas aún se espera que desde el poder se señale con precisión el origen y el desarrollo de las causas y sobre quienes recaen las responsabilidades, difusas o concretas, de que hayamos terminado en esta ruina social en la que vivimos, para que carguen con las consecuencias y respondan de sus acciones, porque hacerlo en términos generales sobre los gobiernos es insuficiente.

La clase política tiene que explicar y concretar, cuando antes, cual es su posición y sus propuestas de futuro, ya que hasta ahora ha mentido, ha ocultado responsabilidades, ha incumplido promesas y ni tan siquiera ha previsto la forma de purgarlas.

La clase política tiene que aclarar a los ciudadanos por qué se aprobó una ley del suelo, epicentro del sismo ya que propició la generación de una burbuja inmobiliaria que todos miraban y valoraban, pero ante la que los poderes no actuaban por lo que se mantuvo y aumentó.

La clase política está obligada a explicar las razones por las que permitió que se especulara con el suelo hasta extremos demenciales, para que se generan unas plusvalías negras, que estarán bien guardadas en paraísos fiscales.

La clase política tiene que justificar las razones por las qué permaneció impávida ante el desmadre de la corrupción hasta generar comportamientos bochornosos, especialmente en la administración local, al permitir que los municipios se comportaran como nuevos ricos metidos en el despilfarro a costa de la reconversión del suelo y de la construcción descontrolada, al tiempo que se eliminaban determinados impuestos fundamentales para la Administración Local y para que más tarde se manifestara, públicamente y con orgullo, que bajar los impuestos era de izquierda.

La clase política tiene que explicar las razones por las que se mantuvo y alimentó una burbuja pestilente, aunque en el ánimo de los ciudadanos la inquietud estaba presente y aumentaba cuando apreciaba que el precio de la vivienda llegaba a límites inasequibles, aunque accedían a ella personas cuyos ingresos anuales estaban a demasiada distancia de poder hacer frente a tales adquisiciones.

La clase política tiene que justificar por qué a pesar de tal realidad, las entidades financieras facilitaban recursos aunque preveían que los adjudicatarios no podrían reintegrarlos, lo que ocurría ante la pasividad de los responsables de controlar y poner fin a tantos disparates.

La clase política tiene que explicar las razones de que cuando le preguntaban por los precios de los bienes inmobiliarios, que eran demenciales, hacían una exaltación al liberalismo económico y político y remachaban el canto con la consigna de que si las viviendas se vendían era porque se podían pagar.

La clase política insiste en sus argumentos absurdos, como si fuera ajena al asunto, y se escuda tras las exigencias de Europa, donde desde hace demasiados años no tiene ninguna influencia y ha sido incapaz de hacer frente con eficacia a la insolidaridad alemana.

La clase política tiene que explicar como funciona el montaje de los difusos mercados especuladores, así como dar las razones de que cuando nuestra deuda pública estaba por debajo de la mayoría de los países del euro las presiones al nuestro eran mayores, mientras no promueven acciones para regularlos y luchar contra los paraísos fiscales y la omnipotencia y arbitrariedad de las agencias de valoración que forman parte interesada del montaje especulativo.

La clase política tiene que explicar porque el resultado de tanto desmán es que los poderes presionan a las partes más débiles de la sociedad para que se asuste, se encoja, se callen, y aguanten, mientras la respuesta política para los trabajadores, en tal situación, es una reforma laboral que en nada suple tantas carencias.

Lo que tienen que explicar esa clase política es porque, contra el pensar y el interés de los ciudadanos, fue incapaz de tomar medidas para controlar el endeudamiento desmedido de personas y empresas, gracias al desmadre de los financieros que se enriquecieron más, y lograr que la crisis afectara de forma más contundente a nuestro país que a los demás.

La clase política tiene que explicar con claridad que la causa de tantos parados, no sólo los motiva la crisis, está también originada por la economía sumergida, por el fraude fiscal y como no por los graves problemas estructurales que con frecuencia paralizan a este país. Problemas  que la clase política es incapaces de solucionar porque hacerlo afectaría a determinados grupos de presión, que al parecer tienen más capacidad de  influir en la política que los trabajadores.

Los ciudadanos tienen que conocer con datos fiables, porque así se le comunique la clase política, el futuro que planifican y que nadie conoce, ya que cuando algunos responsables hablan de la construcción tienen que dejar claro que ese no puede ser el camino a medio plazo y que cuando se trata sobre el paro en ese sector no se refieren solo a los trabajadores que construyen las edificaciones, detrás se encuentran sectores industriales que han sido fundamentales en este país pero que están próximos a desaparecer y con ellos gran parte del tejido industrial, son cementeras, yeseras, ladrilleras, canteras, fundiciones, industrias de la madera, de la ferralla, de la carpintería metálica, de los electrodomésticos, de la ferretería, de la cerámica, de la herrería, del plástico, de la cristalería, de la jardinería, del mueble, de la fontanería, de la instalación eléctrica, de la iluminación, del trasporte y otras muchas  actividades industriales y profesionales que se incluyen en el sector.

La crisis que vivimos debe marcar un punto y aparte en la historia de la clase política, lo errores que inciden en todo un pueblo para su mal se tienen que pagar. No basta con aceptar  que los cometieron inducidos, con frecuencia, por las ansias de retener o conseguir el poder. Es insuficiente la pérdida de elecciones, tienen que pagar un precio personal para asumir que aceptar ejercer el poder no puede ser un acto de frivolidad.

Los políticos que han tenido y tienen parte en los muchos engaños y desaguisados que ha sufrido la sociedad española, por acción o por omisión, no son validos para ostentar ninguna parcela de poder, tienen que renunciar y pagar en otros ámbitos, y que los sustituyan personas dignas.

 

 

 

 

 

 

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